Mundo ficciónIniciar sesiónElizabeth Wardwell.
Lo último que recordaba, fue estar en el bosque en búsqueda de Michael y el profundo dolor en mi cuello. Me sentía como si estuviera siendo cargada. Abrí los ojos, perezosamente, y mi vista chocó con una gran espalda, llena de puro músculo, mientras el mundo parecía estar de cabeza.
Cerré y abrí los ojos varias veces, confundida de no saber que estaba pasando. Realización inmediata me golpeó: el puto alfa Drake me acababa de marcar de la forma más desvergonzada y primitiva que alguien podría hacerlo.
¡Era un puto cavernícola! Pero todo esto me hizo preguntarme, ¿Cómo podía saber que era su pareja si había usado la poción bloqueadora de olor? ¡No debería ser capaz de olerme!
—Eres muy estúpida Beth… el agua… ¿lo recuerdas? —Otra vez esa maldita vocecilla insidiosa hablándome en mi mente… Definitivamente me estaba volviendo más creativa o loca… ambas opciones sonaban correctas…
Fruncí el ceño. ¡Mierda! ¿Cómo no pensé en eso? ¡Estúpida! ¿y más encima el cabrón me marcó sin que pudiera rechazarlo? ¡Maldito hijo de puta!
—El periodo de reposo ha concluido, mujer. Te recomiendo alinearte a la estructura de mando de inmediato; persistir en esta hostilidad solo acelerará un escenario de desgaste que no podrás sostener. —Alfa Drake terminó su frase, palmoteándome el trasero, fuerte.
Totalmente conmocionada, me quedé por unos segundos sin saber qué hacer, inmóvil, mientras el agudo dolor del golpe y la mordida se extendían por todo mi cuerpo. ¿Acaso acababa de darme una nalgada?
Tensé la mandíbula y en una ola de rabia infinita que corría por mis venas, espesa y caliente, le grité: —¿Dónde me llevas? Déjame ir, ¡Maldito asesino!
Él se detuvo en seco. Lo sentí que respiraba pesadamente, su cuerpo temblaba, su piel se sentía caliente, su agarre en mis muslos se tensaba y con su voz ronca, amenazadora y terrorífica, dijo lentamente, — Efectivamente, lo soy. Y bajo la premisa de que comprendes mi nivel de autoridad, te sugiero no desafiar mis márgenes de tolerancia. Eres una mujer bajo el dominio de la corona y dispongo de la prerrogativa absoluta sobre tu destino. Ahora, silencio inmediato, bruja.
Eso fue una amenaza. Una que debería hacerme mojar mis pantalones del miedo, pero solo hizo que mis niveles de rabia aumentaran. Quería quemarlo vivo y luego bailar sobre sus cenizas.
Si había algo que caracterizaba a las brujas con magia blanca, como se suponía era yo, era la bondad. Bueno, eso era la teoría. No hacer el mal, no dañar a otros y usar la magia para construir y defender. Pues en mi caso, eso no aplicaba. Lo quería ver muerto. ¡Lo quería muerto, ayer! Y para mi delite, la vocecilla en mi cabeza solo alimentaba esa sed de venganza.
—Ni te atrevas a sucumbir ante el maldito vínculo de pareja. Es lo único que puedes hacer. Resistir. —Me advirtió mi mente, recordándome que no me dejara llevar.
Es curioso… Siempre he tenido una mente viva, pero nunca he tenido conversaciones como las que estoy teniendo ahora.
El hombre siguió caminando, sin esperar una respuesta por mi parte. No necesitaba mirarme para saberlo. Sabía perfectamente que lo odiaba, que escaparía en cuanto tuviera una oportunidad y que, si el destino me concedía una sola ocasión, sería yo quien acabaría con su vida. ¡Esto era guerra!
Alcancé a ver que entramos a su mansión. Subió las escaleras, hasta el tercer piso. Caminó hasta el final del corredor y se detuvo. Abrió la puerta e ingresó a una habitación. Luego de unos segundos, sentí que era lanzada sobre una cama, como si fuera un saco de patatas.
Esto no lo esperaba. Creí que me enviaría al calabozo. Nos quedamos viendo por unos segundos, inmóviles, hasta que rompió el silencio diciendo: —permanecerás restringida en esta habitación hasta que tu conducta se alinee con el protocolo de la manada. Solo entonces se te otorgará la autorización para interactuar con las demás consortes del palacio.
Eso me descolocó y captó mi atención. Dijo, ¿consortes? ¿Qué m****a significaba eso? Apreté la mandíbula, incomoda.
Intuyendo las preguntas en mi cabeza me dijo: —¿Acaso creíste que eras la única? —Una risa siniestra resonó en su pecho.
Sus ojos color almendra, se volvieron oscuros, casi negros. Se acercó lentamente a mí, asechándome, haciendo que me congelara en mi lugar. Estaba usando su comando alfa para lograr que yo no lo atacara ni que me moviera. ¡Mierda!
Colocó ambas manos en mis costados, mientras acercó su cara a solo un par de centímetros de la mía. Bajó su nariz hacia mi cuello e inhaló profundamente, mientras un suave gruñido resonó de su pecho.
Yo solo lo miré con los ojos abiertos como platos… ¡Esto es malo! No podía usar mi magia aquí. ¿Qué m****a estaba pasando?
Mantuvo una media sonrisa de absoluta superioridad. —La sucesión no depende de una sola persona. Tú eres, sin duda, la pieza central de mi colección de candidatas peculiares, pero un rey estratega nunca coloca toda la estabilidad de su reino en una sola carta.
¿Colección? ¿De qué carajos estaba hablando? Esa información no la conocíamos en el aquelarre.
Levanté una ceja, intrigada, mientras continuó diciendo: —Esa información se mantendrá clasificada hasta que tu nivel de cooperación sea el óptimo, hechicera. Por ahora, dime tu nombre.
Eso era una orden. Sentí el deseo de evitar decirle m****a, pero el dolor de negarle una respuesta era más grande, invadiendo mis sentidos y nublándome el juicio. Un sudor frío recorrió mi frente, haciéndome temblar hasta mi centro.
— Cesa tu resistencia al comando. Solo conseguirás causarte una lesión física, y exijo que la futura reina de la corona se mantenga en perfectas condiciones. Dime tu nombre y el comando cesará.
Tensé la mandíbula y con los dientes apretados le dije, —Elizabeth… Wardwell.
Rápidamente me dijo: — Ese dato corrobora la información obtenida en el río; de ahí que el brujo te llamara Beth al momento de que te marcara. Ahora, dime tu segunda firma biológica. Exijo el nombre de tu loba.
Abrí mucho los ojos… ¿loba? ¿De que m****a está hablando este imbécil?
— No emito segundas advertencias, Señorita Wardwell. El protocolo exige tu declaración biológica ahora. ¿Cuál es el nombre de tu loba?
Lo fulminé con la mirada. —Creo que tienes que mejorar tu olfato, alfa. Solo soy una bruja.
Se quedó en silencio medio segundo. —Esa deducción denota una severa falta de información sobre ti misma. Si deseas persistir en ese error, es intrascendente para mí. Ahora, ¿cuál era la naturaleza de la alianza y el plan de infiltración que desarrollabas junto a ese brujo en mis fronteras?
¡Michael! Me había olvidado por completo de él. ¡Carajo!
Intentando ocultar mi evidente estado de pánico, calmé mi corazón y mi respiración. Él podía oler el miedo y me rehusaba a dejar que se regodeara. le pregunté: —¿Qué hiciste con él?
Su expresión cambió de inmediato. Era como si todo el calor hubiera desaparecido de su rostro. Sus ojos se volvieron tan fríos que sentí un escalofrío recorrerme la espalda —¿Por qué debería decírtelo? Ese hechicero ejecutó una incursión no autorizada en mi manada y desplegó una ofensiva psicotrópica contra mis guerreros. ¿Quién es él para ti? ¿es un simple brujo o tu amante?
—¿Qué? —Le pregunté confundida. Su rostro era duro, frío y calculador. Pero en los bordes de su mirada había algo más… ¿Acaso estaba… celoso? ¡Que m****a le pasa!
—Pues a mi me suena a celos… Pero por favor, continua… que apenas escuchas lo que digo. —¡Otra vez esa voz!
—¡Es mi amigo! Por favor, ¡no le hagas daño! —Mi voz salió como un susurro, implorando por la vida de Michael, y me odié a mí misma, por ser incapaz de prestarle ayuda o de poder pelearle de vuelta al alfa.
—Interesante reacción, señorita Wardwell. Priorizas la integridad de un tercero por encima de tu propia supervivencia… Un gran error para alguien que está bajo confinamiento. Esa distorsión en tu lista de prioridades confirma que ese hechicero posee un valor superior en tu estructura de lealtades. Dime la verdad. ¿Consumió algún vínculo intimo contigo?
Me sujetó la barbilla con firmeza haciendo que fijara la mirada en él, mientras dijo: —¡Espero que comprendas la gravedad de tu situación, señorita Wardwell! Si descubro que un macho de tu especie ha reclamado lo que legalmente me corresponde, firmarás la sentencia de muerte de todo tu aquelarre. Yo no tolero que tomen lo que me corresponde. Mi propiedad legítima es absoluta.
Propiedad legitima… Las diosas tienen un podrido sentido del humor. ¿Por qué? ¿Por qué vincularme con un ser tan… ¡repulsivo! ¡Ya basta con ser su mejor soldado, diosas!
Acercó su cara y su aliento caliente golpeó mi rostro mientras terminó diciendo: —¡Me perteneces, mujer…! ¡Tu existencia me pertenece por derecho divino! Dispongo total soberanía sobre ti. Te sugiero asimilar esta realidad a la brevedad; de lo contrario, serás sometida a quebrantar tu resiliencia a un nivel que lamentarás cada segundo de tu resistencia.
Terminó su discurso sociópata estrellando violentamente su boca contra la mía, dejándome en estado de shock.
Su beso era hambriento, necesitado y carente de afecto. Forzó la entrada de su lengua en mi boca. Cerré los ojos y apreté los dientes mordiéndolo.
Me lanzó hacia la cama, mientras vi como la sangre se asomó por la comisura de sus labios. Se limpió, observó el líquido escarlata, y volvió a sonreír siniestro mientras dijo: —El quiebre de tu rebeldía se dará con el tiempo, señorita Wardwell. Tu sumisión es un decreto. Su cumplimiento será... plenamente gratificante para mí.
Salió a toda velocidad, estampando brutalmente la puerta contra la pared.
¡Diosas! Estoy en serios problemas.







