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Elizabeth Wardwell.
— ¡Mía! —Lo escuché gruñir con su voz ronca y fría mientras su vista estaba fija en mí. Tenía los ojos negros como la noche y la intensidad en su mirada, hizo que un escalofrío me recorriera desde la nuca hasta los pies.
Tragué fuerte el nudo que se formó en mi garganta. Los latidos de mi corazón gritaban en mis oídos. En un segundo, guardé todo el miedo que sentí y con tono desprovisto de emoción, levanté una ceja y le dije: —¿Disculpa? Creo que me estás confundiendo con alguien más. —Y sin mirar atrás, me giré en mis talones e intenté correr, pero él era más rápido.
—¡DETENTE! —Gritó, utilizando su comando alfa, haciendo que me congelara en mi lugar. Una vocecita en mi cabeza gruñía con alevosía, diciéndome que tenía que pelear. Me decía que no estaba hecha para obedecer. En esos segundos, quedé aún más confundida. ¿Me estaba volviendo loca?
Me tomó fuerte de la mano empujándome impetuosamente contra su pecho, abrazándome. Me moví entre sus brazos, intentando liberarme, pero no pude. Su agarre era extremadamente doloroso en mi piel.
Sentí su aliento caliente en mi oído mientras con un susurro oscuro dijo: — No me interesan tus títulos ni tu procedencia, bruja. Bajo la ley de la manada, eres una mujer de mi propiedad y gestionaré tu subordinación bajo mis propios términos. Tu resistencia es previsible, pero no te preocupes… Con un poco de disciplina te someterás.
El miedo fluía por mis venas, pero más me invadía la ira. Mi corazón latía erráticamente, mientras en su cara se reflejaba solo perversión.
Los ancestros me advirtieron que no viniera aquí. La bruja Suprema me dijo que no tentara el destino. Mi aquelarre insistió que debía venir otra persona, pero no hice caso.
Quise tomar el destino entre mis manos, pero ¡que equivocada estaba!
Intenté liberarme de su agarre, intenté pelear… pero no pude. Me tenía totalmente inmovilizada y, sin esperar otro segundo, el rey hundió sus caninos en la tierna carne de mi cuello, marcándome como suya en frente de todos sus guerreros. Dolor… Solo sentí dolor… Cada fibra, cada célula de mi cuerpo gritaba que se detuviera, hasta que sentí como la fuerza vital me fue abandonando, ya no podía mover los brazos, mi visión se hacía cada vez más borrosa, haciéndome caer en el olvido.
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Dos horas atrás.
—¡Elizabeth, no te vayas! No es necesario que seas tú la que asista a la Manada Sangre de Medianoche. —Gritó la bruja Suprema.
—Martha, debo ir. Debo saber si lo que me dijeron los ancestros en ese sueño es cierto. Necesito comprobar si el maldito es mi pareja.
—Pero ¿qué harás si te atrapa? Sabemos que es despiadado y que está maldito. No tientes a la suerte, Beth… ¡Es completamente innecesario!
—No me atrapará, Martha. Tú sabes que puedo cuidarme sola… lo he hecho desde que tengo uso de razón. Además, desde que me conociste, siempre he sido muy buena para pasar desapercibida.
—¡No se trata de eso! Él no puede atraparte. ¿No te das cuenta de lo importante que eres? ¿Para mí?
Suspiré, molesta, ya que no quería tener esta conversación.
Vi como ella también suspiró mientras su rostro denotaba preocupación. Frunció el ceño, se rascó el puente de la nariz y dijo derrotada: —Bien, si no puedo convencerte, entonces dejarás que Michael te acompañe. Antes de saber si el maldito es tu pareja destinada, necesitas lanzar ese conjuro, Beth. Eso es lo más importante… ¡Y no te atrevas a decirme que puedes hacerlo sola… Te dejaré salir de aquí solo si vas con él. ¿De acuerdo?
Quería refutar, pero sabía que Martha no lo dejaría pasar. He aprendido a saber qué batallas pelear. Suspiré y le dije: —¡Bien! Dile a Michael que esté listo en media hora.
Sonrió y me abrazó. —Eres tan testaruda, Beth. Nunca creí que eso fuera posible.
Suspiró, me acomodó el cabello detrás de mi oído y dijo: —Ten cuidado. Lo que estás haciendo es sumamente peligroso. Hemos estado en guerra con el rey alfa por tantos años. Ha matado a tantas de nosotras… odiaría que te pasara algo. ¡Beth, tú eres como mi hija!
—Y yo te quiero como una madre, Martha. Además, ¿tan poca fe tienes en mí? Drake no me atrapará, pero debo saberlo. Necesito saber si soy suya.
—¿Y qué pasará si lo eres? ¿Crees que podrás rechazarlo? Es inaudito que una bruja tenga un vinculo de almas gemelas con un lycan.
—Sé que lo es… Es por eso por lo que debo hacerlo, Martha. Debo saberlo. No hay futuro entre ese asesino y yo. Él es la razón de que yo creciera sin mis padres…
—¿Y si las diosas te emparejaron con él con un propósito claro?
Arrugué el ceño y le pregunté: —¿a qué te refieres?
—Me refiero a que, quizás, tú seas su redención, Beth y quizás tu objetivo sea aprender a perdonar… ¿chocante, cierto?
Moví mi cabeza en negación. Respiré profundo intentando controlar la ira que estaba bombeando incontrolablemente por todo mi cuerpo. Lo odio… odio que a pesar de que está a kilómetros de distancia, solo escuchar su nombre provoca una reacción en mí…
—No hay redención si no hay arrepentimiento. ¿Cómo puedo perdonarlo si fue él quien masacró a mis padres? ¿Y lo hizo por su propia diversión? No, Martha. No hay perdón ni olvido para ese monstruo.
Y sin más, dejé la conversación y me alejé hacia mi habitación, molesta, por lo que Martha pretendió decir. Desde que tuve ese sueño, desde que los ancestros me hablaron hace más de una semana, no he podido volver a encontrar la calma. Necesitaba respuestas y sabía que solo las podría encontrar, dentro de esa manada.
Me subí a la camioneta de Michael. Él encendió el motor y condujo a toda velocidad. La distancia entre la manada y el aquelarre era de 45 minutos. A menudo ingresábamos con bloqueadores de olor para poder pasar inadvertidos.
Si bien era cierto que tenía mi propia agenda, la misión principal era poder lanzar el conjuro. Dado que Drake ha asesinado a varios miembros del aquelarre, estábamos en busca de los miembros que debían ocupar sus lugares.
Generalmente, nuestros miembros eran humanos - brujos, como yo, pero teníamos algunas lobas que habían sido bendecidas con magia. En ellas, la magia despertaba a los 14 años, en cambio, en nosotras las brujas, ocurría a los diez.
Es por eso por lo que debíamos encontrarlos antes, ya que cuando sus manadas se enteraban de que poseían magia, los encerraban para aprovecharse de ellos o los asesinaban. Las lobas eran las que peores posibilidades tenían. Las cazaban, suprimían a sus lobas interiores y las mantenían cautivas para engendrar lobos machos con magia. Se convertían en el perfecto ejército… uno hibrido: letales y leales a sus alfas.
Como fue el caso de mis amados padres, los cuales fueron masacrados a sangre fría por el tirano rey alfa Drake. Los cazó en su propio hogar. Logré salir con vida, solo porque se sacrificaron por mí. En todas las manadas del país ocurría lo mismo, por su mandato.
Él siempre ha detestado a las brujas, diciendo que somos unos fenómenos de la naturaleza y que las diosas se equivocaron en gran medida, cuando nos crearon. Su pensamiento es que los Lycan deben ser solo los que vivan en los territorios y la magia solo debe ser de ellos. Elimina a las brujas y brujos sin hacer preguntas.
Se dice que, debido a esto, las diosas le colocaron una maldición, la cual decía que jamás podría tener herederos, por lo tanto, su linaje llegaría solo hasta él.
—¿Estás segura de querer ir, Beth? Aún estoy a tiempo de volver. —me dijo Michael sacándome abruptamente de mis pensamientos. Suspiré.
Moví mi cabeza en negación, mientras regresaba mi mirada hacia él. Le di una sonrisa tímida, mientras le dije: —Sí, Michael. Es necesario que vaya.
Gruñó bajo. Su lobo a penas contenido. —Pero nena, es solo colocar el conjuro y salir. Yo puedo hacerlo solo.
Miré sus ojos verdes, los cuales siempre me cautivaban. Eran como ingresar en la mañana a un bosque espeso, con el rocío en las hojas y la tierra húmeda reposando en los pies… Había preocupación y… ¿posesión? ¿amor? No estaba segura. Le dije: —Tranquilo Michael. Estaremos bien. Entre antes lleguemos, más rápido nos iremos. ¿Temes por mi seguridad, cariño?
Puso su mano sobre la mía y me dejé encantar por su suavidad y calor. La acarició con movimientos circulares, mientras dijo: —hasta el día de mi muerte me preocuparé por ti, nena. Tú sabes que te amo. ¿Cierto?
Le sonreí, tomé su mano y besé sus nodillos. —Lo sé. Y yo también te amo. Eso nunca cambiará. Pase lo que pase, Michael, créeme. Nunca cambiará el amor que siento por ti.
Ahora él se llevó mi mano a su boca y la besó.
Miré por la ventana, observando que ya estábamos a las afueras. Nos detuvo uno de los guerreros diciendo, —¿Qué hacen aquí?
—Somos de la manada Sol Naciente y venimos a entregarle las telas que pidió la señora Thompson. —Michael mintió tranquilamente.
Sonreí, porque sabía que Michael estaba empleando su magia: él podía colocar cualquier tipo de pensamiento en la mente de otro. No era que los hiciera alucinar, sino más bien, colocaba una idea y luego lo convencía de que era lo correcto. A veces se le pasaba la mano con el hechizo y podría jurar que creía que era un Jedi.
Era sumamente útil en estos casos, pero también, no funcionaba con cualquier persona. Habíamos descubierto que no lo podía utilizar ni con betas ni con alfas, lo cual tenía sentido. Se les enseña desde que sus lobos se manifiestan a crear altas paredes de hierro para evitar que algún arquitecto mental o tejedor de recuerdos ingresen.
El guerrero parecía pensar por unos momentos y luego dijo: —Está bien. Tienen una hora. Si sobrepasan el tiempo de su estadía, entonces serán encarcelados.
—Entendido. —le respondió Michael.
Luego abrieron las rejas y Michael condujo dentro de la frontera hacia el centro de la manada. Una vez allí, se estacionó escondido detrás de unos arbustos.
Detuvo el motor, suspiró mientras sostenía el volante hasta que los nudillos estaban blancos. La mirada fija hacia delante mientras decía: —Aquí debes lanzar el hechizo. Estamos muy cerca del río. Mientras tú lo haces, yo aseguraré el perímetro.
Asentí a sus palabras, esperando a que dijera algo más. Pasaron los segundos y nada salió de sus gruesos labios. Suspiré, abrí la puerta de la camioneta y puso su gran mano sobre la mia, deteniéndome. Finalmente añadió: —Ten cuidado, nena. Hazlo rápido. ¿Está bien? Quiero sacarte de aquí lo antes posible.
Le regalé una sonrisa, intentando tranquilizarlo. —Tranquilo, galán. Lo haré rápido. Lo prometo.
—Esa es mi chica. —Besó mi mano y se bajó de la camioneta, mientras yo hacía lo mismo. Me dio una última mirada y a pesar de que sus ojos albergaban muchas emociones, no dijo nada más y solo se alejó de ahí.
—Entrar y salir, Beth… pon el hechizo y mueve el culo lo más rápido que puedas… —me dije caminando en dirección al río.
Caminé un par de metros hacia el sur y me encontré con el río. Me saqué los zapatos y coloqué mis pies en el agua fría.
Suspiré, mientras regulaba mi respiración, sintiendo como la magia fluía por mis venas. Inspiré nuevamente, mientras dije:
“Reina madre, reina mía. Diosa menguante, creciente y de la luna llena. En el vasto rincón del tiempo perdido, donde el silencio teje su manto, busqué un alma que fuera mi encanto. Te llamamos, alma perdida, tus hermanas cantan tu presencia, hallazgo divino, lienzo infinito.”
Mi magia blanca se desplegó por todo el lugar y el agua que mojaba mis pies, alzó su caudal en respuesta, salpicando mi cara, juguetonamente. El conjuro había sido lanzando. Ahora solo era cuestión de tiempo para que las almas destinadas al aquelarre fueran a nuestro encuentro.
Salí del río, me coloqué mis zapatos y corrí hacia la camioneta. Una vez que llegué allí, sentí que alguien tomó mi cintura por detrás y me giró violentamente.
Con su mirada fija en mí, alfa Drake gruñó: —¡Mía!







