—Debemos movernos —dijo Andrei finalmente rompiendo el momento—. Más hombres podrían venir. Esto no ha terminado.
Nikolai no respondió enseguida.
Seguía abrazando a Alma desde las rodillas, con la frente apoyada contra su abdomen, respirando su olor como si fuera lo único que lo mantenía cuerdo.
Hasta que finalmente levantó la cabeza y la miró. Ella estaba pálida, asustada y preocupada por él, pero aún así se miraba hermosa.
—Vas a venir conmigo —ordenó con voz firme y ronca.
Alma parpadeó:—¿Qu