El trayecto hasta la oficina se sintió eterno para Alma. Cada paso hacia que la molestia creciera debtro de ella: rabia, celos y humillación, pero odiaba estar celosa.
Cuando llegaron frente a la puerta, Andrei tocó dos veces antes de abrir. Luciana seguía allí, sentando elegante sobre el escritorio de Nikolai, cruzada de piernas con una copa de vino en la mano.
Parecía salida de una revista, hermosa, perfecta y peligrosa.
Y Nikolai permanecía de pie junto al escritorio con el rostro serio.