C3: Mi propiedad

—¡No! —negó aterrada, respirando agitada y con el corazón latiendo rápido—. Te juro que no llamé a nadie. Destruiste mi teléfono —le recordó.

Los ojos grises del desconocido la observaron fijamente, evaluándola con frialdad. Buscando la mentira o cualquier señal de debilidad, pero nada.

¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!

Los golpes violentos resonaron de nuevo contra la puerta, haciendo vibrar las bisagras.

—¡Alma! —gritó una voz masculina desesperada desde el pasillo—. ¡Abre la maldita puerta! Dios espero que estés viva —ella reconoció la voz al instante.

El alivio inundó su pecho con tanta fuerza que un sollozo escapó de sus labios. Estaba vivo, Yuri.

—Es Yuri —susurró apresuradamente—. Mi mejor amigo. No es un peligro.

El hombre no bajó su arma, ni un centímetro. Su cañón seguía firme, apuntando esta vez hacia la puerta. —Abre —ordenó con calma aterradora—. Y si haces algo estúpido, te vuelo la cabeza antes de que él pueda siquiera parpadear.

Alma tragó saliva, sintiendo la boca seca de pronto. Caminó hacia la puerta con las piernas inestables.

Giró el seguro con dedos temblorosos.

Apenas entreabrió la puerta, Yuri irrumpió en el apartamento como un huracán, completamente descompuesto. Su cabello rojizo estaba revuelto, la camisa arrugada y manchada de lo que parecía ser sangre ajena.

—¡Dios mío, Alma! —la abrazó rápidamente—. Pensé que estabas muerta —soltó jadeando, luego cerró la puerta—. Llevo horas buscándote. El club se volvió una masacre. Había sangre por todos lados, gente corriendo, disparos… y tú desapareciste ¡No respondías las llamad… —se dio cuenta del hombre sentado en el sofá.

Yuri se quedó completamente inmóvil, como si hubiera visto un fantasma. La pistola del sujeto apuntaba hacia ellos… o más bien a él. El color desapareció de su rostro.

—Nadie tiene que disparar aquí —levantó las manos en un gesto de rendición—. Solo vine por mi amiga.

Los ojos del hombre lo recorrieron de arriba abajo con precisión como si intentara descifrar si es una amenaza o presa fácil.

—¿Tienes armas?

—¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! Soy un publicista, por el amor de Dios.

El hombre de ojos grises se puso de pie y avanzó hacia ellos. Luego cacheó de forma rápida y ruda a Yuri, presionando en busca de alguna arma, pero al no encontrar nada lo empujó hacia el medio de la sala bruscamente.

—¡Basta! —protestó Alma por el maltrato hacia su mejor amigo—. Ya te dije que no representa ninguna amenaza —añadió enojada por primera vez desde que se habían cruzado en camino.

—Es un maricon —espetó con desagrado—. Y sigue vivo porque me sale de las bolas, doctora —respondió sin apartar la mirada de Yuri.

El silencio se volvió sofocante, denso como niebla tóxica, Yuri observaba ahora al desconocido con mayor atención: los tatuajes visibles en su cuello, manos y torso, la pistola negra mate, pero su mirada se enfocó en la rosa negra de su muñeca.

—No puede ser… —murmuró Yuri, casi sin voz. Los ojos grises del desconocido se estrecharon, no confiaban en el pelirrojo.

—¿Qué dijiste? —interrogó dando un paso al frente, pero Alma se colocó frente a Yuri.

—Romanov —se quedó en silencio el apartamento, Alma frunció el ceño mientras su mente trataba de buscar en donde había escuchado ese apellido antes.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Ese hombre es uno de los hombres de Romanov.

El desconocido soltó una risa seca sin una gota de humor. El sonido reverberó en las cuatros paredes como una amenaza silenciosa.

—Veo que mi reputación me precede —dijo cruzándose de brazos sin dejar de mirar al pelirrojo, ya que por una extraña razón su cabello lo hacía acordarse de un viejo amigo.

Alma sintió que el estómago se le hundía hasta los pies. Había escuchado ese apellido demasiadas veces y recordó en donde: los pasillos del hospital y los noticieros.

La familia Romanov era la Bratva más poderosa y sanguinaria de Moscú. Los encargados de desaparecer: empresarios, políticos y reporteros que hablaban en contra de ellos. Ellos tenían el control de casi todo, puestos, casinos y rutas de contrabando a nivel mundial.

Yuri retrocedió un paso. —Alma… ¿Qué demonios hiciste?

Ella no supo qué responder, ya que honestamente, ni ella sabía lo que hizo, Romanov solo caminó hacia el sofá y tomó su camisa ensangrentada. Ese movimiento lo hizo hacer una mueca.

El instinto médico de Alma la impulsó a dar un paso al frente:

—No deberías moverte así. Los puntos pueden abrirse.

Los ojos grises descendieron a ella. Por un momento algo menos fríos… quizás curiosidad de saber por qué sigue tratándolo igual a pesar de descubrir que es un hombre peligroso.

—Sobreviviré, doctora.

—Si los puntos se abren, no lo harás —anunció ella, con voz firme—. Porque yo misma me aseguro de matarte.

Una ligera comisura se elevó en sus labios, revelando una sonrisa genuina, algo sumamente raro en él.

Negó antes de ponerse su camisa. Cada movimiento era lento, ya que tampoco deseaba que se abrieran los puntos.

Yuri seguía observando la escena como si estuviera viendo una película de terror.

—¿Sabes cuántas personas matarían por saber dónde te encuentras ahora mismo? —intervino Yuri, armándose de valor. .

La mirada de Romanov se afiló en un instante, cargada de una peligrosa hostilidad.

—¿Es una amenaza, Yuri Gorky?

—¡No! —respondió de inmediato Yuri, sudando—. Solo digo que esto es una locura.

Alma se acercó a los ventanales grandes y entonces vio varios SUV negros estacionándose frente al edificio con precisión militar. Hombres vestidos con trajes, movimientos coordinados y recibiendo órdenes de otro sujeto.

—Han llegado unos hombres —susurró sin dejar de mirar, Romanov se acercó a la ventana.

—Ya era hora.

La tensión dentro del apartamento se volvió insoportable, Romanov tomó su arma y caminó hacia Alma con pasos lentos y deliberados. Se detuvo demasiado cerca tanto que el calor de su cuerpo la envolvió y provocó que su respiración se detenga cuando él inclinó ligeramente su cabeza hacia el frente.

—Me salvaste la vida esta noche —susurró él, con voz baja y profunda.

—Soy doctora… es mi deber.

—¿Tu deber? —Él sacudió la cabeza, con un tono cargado de un significado oculto—. Pudiste haberme dejado desangrando en tu auto, o simplemente llamar a la policía. Pero no lo hiciste.

La atmósfera entre los dos se volvió cada vez más asfixiante. De repente, él levantó una mano y, con la yema de los dedos, apartó con suavidad un mechón rubio humedecido por el sudor que se le pegaba a la frente. Un gesto tan íntimo como desconcertante. Acto seguido, se inclinó hacia ella, rozando casi sus labios contra la curva de su oreja.

—Ahora escucha bien —murmuró cerca de sus labios, con voz grave—. Desde este momento, tú eres mi propiedad.

Alma sintió un escalofrío recorrerle toda la columna.

—No soy un objeto al que puedas manejar a tu antojo.

—Sumisión o muerte. Tú eliges, Alma Petrov.

Ninguna de las dos opciones le agradaban a Alma, ya que no se escuchaban segura. Luego voces se escucharon en el pasillo, Romanov se alzó en toda su estatura y su rostro se transformó nuevamente en el iceberg letal que aterriza Moscú.

La puerta del apartamento se abrió y varios hombres armados entraron con armas listas. Uno de ellos, de cabello rapado y cicatriz en la ceja, se detuvo al ver la sangre.

—Jefe, nos alegra verlo vivo.

Un hombre de ojos verdes ingresó con pasos calmados. Miro a Alma y Yuri, reconociéndolo como un Gorky hizo una mueca, no le agrada su familia.

—¿Los eliminamos? —interrogó provocando que Yuri y Alma palidecieran, pero Romanov ni siquiera los miró.

—No —respondió con autoridad absoluta—. Ella es mía. Y él… su hermano se encargará luego.

Los hombres obedecieron sin cuestionar, Romanov camino hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral de la puerta, se detuvo y la miró..

Sus ojos grises eran tormentas contenidas antes de darse la vuelta y marcharse.

Alma comprendió en ese instante que su pesadilla apenas había comenzado.

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