La consulta de ginecología permanecía en un ambiente tenso, Anika se encontraba de pie junto a la camilla, con los brazos cruzados y una expresión de clara molestia. Frente a ella, Mikhail Romanov permanecía sentado en una silla con las piernas cruzadas, impecable en su traje oscuro, como si fuera el dueño del consultorio.
—¿Qué demonios hace él aquí? —interrogó furiosa mirando a su hermana—. ¿Le dijiste que venía?
—Yo no tengo nada que ver en esto —se defendió Irina con su ceño fruncido.
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