Nueva York brillaba bajo el sol de media mañana. Rascacielos de cristal, taxis amarillos y un flujo interminable de personas que caminaban sin levantar la vista del teléfono.
Desde el asiento trasero de una SUV negra, Damian observaba la ciudad con interés, ya que la última que estuvo en suelo americano fue a sus quince años.
Un traje gris de diseñador ajustado a la perfección, camisa negra abierta en los dos primeros botones mientras sostenía una carpeta con información sobre Boris Kovalyov