El corredor estaba más oscuro de lo que Catalina recordaba.
Las antorchas habían ardido bajas, proyectando más sombra que luz. Miguel iba adelante, una mano en el hombro de Gabriel, la otra sosteniendo una hoja corta que debía haber robado de algún lado.
Catalina seguía cerca detrás, su propio cuchillo aferrado tan fuerte que le dolían los nudillos. Cada sonido se sentía amplificado. Su respiración, sus pasos y el roce de la tela contra la piedra.
Gabriel no hacía ruido alguno. Se movía como un