La arrastraron de vuelta por los túneles.
Catalina no luchó, su cuerpo se sentía vacío, hueco, como si algo vital le hubieran arrancado y solo quedara piel y hueso.
Gabriel caminaba a su lado, su manita aferrada fuerte por uno de los guardias. No la miró, no hizo sonido, solo miró derecho adelante con esos ojos oscuros y sabedores.
La capilla apareció a la vista. Luz matutina temprana se filtraba por las ventanas rotas, volviendo todo gris y sin vida.
Miguel yacía cerca del altar.
La respiració