Las puertas gimieron al abrirse.
Catalina esperaba otro túnel, otra trampa. En cambio, el espacio más allá se extendía de forma imposible, era una catedral tallada en piedra viva, el techo tragado por la sombra. Velas parpadeaban en candelabros de hierro, su luz apenas alcanzando las paredes.
Y las paredes estaban cubiertas de nombres, miles de ellos. Arañados, tallados y quemados en la roca. Algunos parecían antiguos y apenas legibles. Otros eran recientes, los bordes aún afilados.
Sus ojos en