Los labios del niño temblaron, y Catalina casi lo dejó caer.
La voz de su madre. Clara. Suave. El tipo de voz que no había oído desde la infancia, el tipo de voz que una vez cantaba nanas entre humo de cigarrillo y perfume barato.
—Niña… ven a casa…
Las palabras temblaron por el patio.
Catalina abrazó más fuerte a Gabriel, su cuerpo temblando. —No… no, eso no es posible. Estás muerta. Los dos estáis muertos.
Isa retrocedió, susurrando el Padrenuestro en voz baja. La mano de Mateo aferró su pistola, pero sus ojos mostraban algo parecido al miedo.
Lucien no se movió. Solo miró a Catalina como si pudiera mantenerla entera con la mirada.
—Catalina —dijo, firme—. Es un truco. Nada más.
Ella negó violentamente con la cabeza. —No lo oíste. No lo sabes.
—Lo oí —gruñó Lucien—. Y me da igual si sonaba como tu madre, tu padre o el mismo Dios… sigue siendo una trampa.
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La noche parecía viva. Las paredes del monasterio gimieron. Una sombra de cantos subió de nuevo, tenue desde los túneles.
Cami