PUNTO DE VISTA DE CATALINA
La puerta se abrió lentamente, revelando oscuridad al otro lado. Luego, una figura emergió hacia la tenue luz del corredor.
Era una mujer mayor, tal vez de sesenta años, con el cabello plateado recogido con tanta fuerza que parecía tensar su rostro. Vestía túnicas como las que Catalina había visto en el complejo, pero las suyas eran distintas: bordadas con símbolos que parecían destellar bajo las luces de emergencia. Se mantenía erguida con esa autoridad que solo dan décadas de ser obedecida sin cuestionamiento.
—Valentina Cruz —dijo la mujer. Su voz era suave, y por eso resultaba aún más inquietante—. Por fin.
Catalina contuvo el aliento, conmocionada, mientras Mateo alzaba su arma.
—Apártese.
La mujer ni siquiera miró el arma. Sus ojos permanecieron fijos en Catalina.
—He estado esperándote. Todos lo hemos hecho.
—¿Dónde está Gabriel? —exigió Catalina.
—Adentro. Está seguro y sin un rasguño. —La mujer señaló con un gesto hacia la oscuridad detrás de el