Catalina no sabía cuánto tiempo había estado tendida en el suelo.
Horas, tal vez días. El tiempo había dejado de significar algo.
Tenía la garganta en carne viva por la sed y el estómago contraído por el hambre. El bebé se movía de vez en cuando, pequeños aleteos que le recordaban que no estaba sola, pero esos movimientos se estaban volviendo más débiles.
Sabía lo que Esteban estaba haciendo. Matándola de hambre y quebrándola hasta que no tuviera más opción que rendirse por completo.
Y estaba f