Catalina despertó sintiendo frío. El suelo de piedra le había dejado los huesos doloridos. La espalda le dolía y la palma latía donde se había cortado. La hemorragia había parado, pero la herida se sentía tensa y cruda.
Se incorporó lentamente, una mano presionada contra su vientre. El bebé aún estaba allí, aún a salvo. Por ahora.
Luz gris de la mañana se filtraba por una ventana estrecha cerca del techo. Apenas llegaba al suelo. La celda era pequeña —tal vez ocho pies de ancho—. Tenía paredes