Catalina no podía respirar.
Don Esteban Torres estaba a veinte pies de distancia, rodeado de figuras encapuchadas que sostenían antorchas. La luz del fuego tallaba sombras en su rostro, haciéndolo parecer medio muerto ya. Pero sus ojos eran afilados, vivos y calculadores.
—Esto no es posible —dijo Lucien a su lado. Su voz era ronca—. Te maté.
Esteban sonrió. No llegó a sus ojos. —Mataste a un viejo enfermo en su estudio. Un cuerpo conveniente. Un engaño útil. —Ladeó la cabeza—. ¿De verdad creís