La risa aún resonaba en el patio, fina como el filo de una hoja. Catalina apretó más a Gabriel contra su pecho, pero los labios del niño se movían, su respiración subía y bajaba con un ritmo que no le pertenecía.
Lucien alzó la pistola hacia las sombras. Su voz cortó la noche.
—Camilla, muéstrate.
Nada. Solo el crujido de la cruz rota del monasterio y el azote del viento.
Entonces —su silueta emergió bajo la luz pálida de la luna—. El hábito de la monja había desaparecido, sustituido por una capa oscura, empapada de los túneles. Sus ojos brillaban con devoción febril.
—Lo sacaste —susurró Camilla—. El recipiente. El niño elegido.
Catalina escupió las palabras como veneno. —No es un recipiente. Es solo un niño.
Camilla ladeó la cabeza, sonriendo. —Los niños son puros. Intocados. Por eso Él lo eligió. Por eso Miguel habla a través de él ahora.
Catalina retrocedió tambaleante, negando violentamente con la cabeza. —No. Lo torcisteis. Lo torcisteis todo. Mi padre nunca…
—¿Nunca qué? —La ri