La risa aún resonaba en el patio, fina como el filo de una hoja. Catalina apretó más a Gabriel contra su pecho, pero los labios del niño se movían, su respiración subía y bajaba con un ritmo que no le pertenecía.
Lucien alzó la pistola hacia las sombras. Su voz cortó la noche.
—Camilla, muéstrate.
Nada. Solo el crujido de la cruz rota del monasterio y el azote del viento.
Entonces —su silueta emergió bajo la luz pálida de la luna—. El hábito de la monja había desaparecido, sustituido por una ca