CAPÍTULO 42

El lápiz de cera azul rascaba la madera del suelo con un sonido áspero y constante. Sscritch, sscritch, sscritch.

Mía estaba tumbada boca abajo sobre la alfombra persa, ajena al mundo. El cóctel químico de Doña Luisa había hecho su trabajo: el temblor había desaparecido, su piel había recuperado un tono sonrosado y sus ojos ya no miraban al vacío con terror, sino con una concentración infantil absoluta.

Elena la observaba desde el sillón de orejas, con una taza de caldo caliente entre las manos
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