El sol de la tarde había descendido lo suficiente como para bañar los Jardines de Aurora en una luz ámbar, espesa y cálida. El viento, que antes jugaba con las hojas de los robles, pareció detenerse por respeto, dejando el aire inmóvil y cargado de expectación.
Bajo el arco natural de ramas entrelazadas, Rafael Montoya metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta.
Sus dedos, que habían sostenido cámaras en zonas de conflicto y armas en momentos de vida o muerte sin vacilar, ahora tembla