CAPÍTULO 74

La biblioteca de la Mansión Vargas era el único lugar de la casa que Carmen no había profanado con su minimalismo blanco y estéril.

Quizás porque Carmen odiaba leer. Para ella, los libros eran objetos decorativos que acumulaban polvo, reliquias analógicas de un mundo ineficiente. O quizás porque la madera oscura de roble, las alfombras persas raídas y el olor a cuero viejo le recordaban demasiado a Alejandro Vargas, y prefería evitar la habitación donde el fantasma de su padre tenía más fuerza.
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