El sonido seco de la puerta al cerrarse detrás de ella fue lo único que rompió el silencio cuando Sofía ingresó en su departamento. Por un momento se quedó allí, quieta, con la espalda apoyada contra la madera y los ojos cerrados. Respiró hondo. Sentía una presión incómoda en su pecho… o quizá era más profunda, en ese lugar del alma que había empezado a dolerle desde hacía días.
Dio unos pasos lentos hacia el interior, y una punzada en sus piernas le recordó por qué sus movimientos eran tan con