La luz dorada del atardecer se filtraba a través de las cortinas blancas de la habitación, tiñendo el interior con una calidez suave, casi nostálgica. En el centro de la alfombra color marfil, Sofía Morgan estaba sentada en el suelo con las piernas dobladas hacia un lado, mientras luchaba con el cierre de su valija.
Una blusa de seda se escapaba tímidamente por una esquina, y unos zapatos de tacón rodaban junto a ella como si suplicaran que no los dejara afuera. A pesar del ligero desorden, el