NO AUGURABA NADA TRANQUILO

El cielo comenzaba a teñirse de naranja cuando el celular de Sofía vibró sobre la mesa. Ares, que dormía enroscado sobre una de las sillas, ni se inmutó. Pero Sofía sí. Miró la pantalla. Catalina.

La videollamada se estableció rápido, como si al otro lado del país su amiga también necesitara verla con urgencia.

—¡Al fin! —dijo Catalina, con una sonrisa amplia, el cabello revuelto y esa energía que siempre arrastraba con ella—. Pensé que te habías escondido en el Himalaya, Sof.

Sofía esbozó una
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