Los rayos del sol se infiltraron entre las cortinas de lino claro, acariciando con sutileza la piel desnuda de Sofía. Era una luz tibia, suave, como si el amanecer también quisiera ser discreto ante la escena de intimidad que había tenido lugar horas antes.
La habitación estaba en silencio, y el aire tenía ese aroma inconfundible de sábanas revueltas, piel y susurros nocturnos.
Sofía abrió lentamente los ojos.
Sus pestañas se alzaron con delicadeza, y sus ojos verdes, aún somnolientos, brillaro