Diego
El alba es aún pálida, aferrada a los cristales de mi despacho, cuando Marco entra sin llamar. Su paso es demasiado rápido, su frente surcada por una arruga inusual.
—Patrón. Hay alguien. Insiste.
—La hora está mal elegida. Que espere.
—Es… es Silvio Agnello.
El nombre cae en la habitación como una piedra en un lago helado. El silencio que sigue es espeso, cortante. Silvio Agnello. Una leyenda. Un fantasma. El único hombre del que mi padre hablaba con una mezcla de respeto temeroso y renc