Diego
La reunión se eterniza. Alrededor de la mesa de caoba, los rostros son graves, las cifras desfilan en las pantallas, una letanía de ganancias y pérdidas. Mi interlocutor, un banquero suizo de cráneo reluciente, habla de tipos de interés, de fondos especulativos. Su voz es un zumbido. Mi teléfono, colocado plano cerca de mi vaso de agua, permanece desesperadamente mudo.
Un silencio. Esperan mi opinión.
—Los términos son aceptables —digo, la voz neutra, autoritaria—. Pero quiero la cláusula