Valentina
La taza fría de té sigue entre mis manos. He permanecido inmóvil aquí, detrás de esta pesada puerta de roble, el oído pegado a la madera, conteniendo la respiración hasta que el pecho me ardía.
Los pasos del hombre del abrigo oscuro se han desvanecido. Los de Diego, pesados y lentos, han resonado hacia su despacho. Luego, nada más. El silencio ha regresado, pero ya no es el mismo. Está cargado de un secreto revelado, de un futuro resquebrajado.
Me enderezo, la espalda dolorida de habe