El ambiente en los pasillos traseros del palacio de cristal se vuelve denso y lúgubre, alejándose por completo de la música clásica y las risas hipócritas que resuenan en el salón principal de la gala benéfica, mientras dos guardias rusos de la absoluta confianza de Adrián arrastran al sujeto desconocido hacia un depósito de mantenimiento oscuro y aislado, donde las paredes de concreto amortiguan cualquier intento de escape o clamor de auxilio.
Adrián entra a la estancia con una parsimonia at