–Haz que tus enemigos sufran de verdad, Adrián –sentencia Valeria, clavando sus ojos en el hombre encadenado que sangra sobre el suelo de concreto.
–Al fin una respuesta digna de ti, Valeria –murmura él, con una voz grave que vibra en las paredes de piedra, mientras detiene su avance y sostiene las pinzas metálicas que gotean un líquido espeso y oscuro. – Empezaba a aburrirme de tu debilidad, de esa absurda lágrima que acabas de evaporar en la penumbra.
–¡Maldita perra desgraciada! ¡Eres una