–¡Eso es mentira, Adrián! ¡Te juro por mi vida que todo lo que dice es una asquerosa mentira para ponernos en contra! –exclama Valeria, sintiendo que la tristeza y la impotencia le quiebran la voz de tal manera que el llanto se convierte en un nudo insalvable en su garganta, impidiéndole respirar con normalidad mientras observa el avance implacable del hombre al que le entregó su alma en medio de esta guerra sin fin.
–¿Te encerraste o no te encerraste con él en la alacena de la cocina mientras