El estruendo ensordecedor de los fusiles automáticos desgarra el aire de la mansión, transformando los lujosos pasillos de mármol y las columnatas de granito en un auténtico matadero humano donde los hombres de Adrián y los mercenarios de Richard comienzan a caer muertos, tiñendo las alfombras persas con ríos de sangre espesa y caliente. Los impactos de las balas de alto calibre pulverizan las obras de arte y los espejos venecianos, llenando la atmósfera de un polvo de yeso asfixiante que se me