–¡Ayu…Ayu…da! –consigue jadear Valeria con un hilo de voz que raspa contra las paredes de su garganta, mientras golpea con las pocas fuerzas que le quedan el antebrazo de acero del mafioso, sintiendo que el oxígeno se está acabando de manera definitiva y que una densa neblina oscura comienza a devorar los bordes de su visión esmeralda.
El capo, sin embargo, permanece completamente cegado por el dolor punzante de una nueva traición que le quema las entrañas, apretando sus dedos largos con una f