El capo ruso acorta la distancia con pasos lentos y pesados, dejando que la suela de sus botas de combate resuene en el cemento húmedo, y sin mediar palabra formal, descarga una bofetada seca sobre la mejilla derecha de la joven, un impacto que le vuelve la cabeza de lado con violencia y hace que el hilo de un fino labio partido comience a sangrar de inmediato, tiñendo de carmín la palidez de su barbilla.
–¿Creerte a ti, una mujer que tiene el engaño codificado en cada maldito centímetro de su