Pero Adrián no está dispuesto a dejar que ella tenga la última palabra, no cuando el deseo le quema las entrañas y la rabia le nubla el juicio; en un movimiento felino, cruza el salón y la alcanza antes de que ponga un pie en el primer escalón, agarrándola con fuerza del brazo para girarla y estamparla contra la pared de mármol. El impacto es seco, pero lo que sigue es una colisión de labios salvaje, un beso cargado de violencia y necesidad donde él invade su boca con una lengua que reclama ter