–¿Qué demonios le dijiste para que saliera corriendo como un perro apaleado, Valeria? ¿Acaso ya estás practicando tus dotes de mando sobre los hombres de mis socios o es que finalmente has aceptado que tu nombre y el mío están encadenados de una forma que nadie puede romper sin morir en el intento? –pregunta Adrián, sujetándola del brazo con una fuerza que hace que la seda del vestido se arrugue, ignorando por completo la presencia de Aleksandr Ivanovich Kuznetsov y los demás invitados que obse