El amanecer de las seis de la mañana tiñe las cortinas de la suite presidencial con una luz grisácea y gélida cuando los pesados pasos de Adrián resuenan finalmente en el pasillo principal de la mansión, anunciando su regreso de los operativos portuarios con esa parsimonia implacable que define al hombre que maneja de forma clandestina todos los negocios ilegales del país. Valeria permanece de pie en el centro de la habitación, con los puños apretados y la respiración contenida, acumulando cada