Valeria avanza con el pecho encendido en pánico, esquivando los escombros de mármol que caen de los techos como una lluvia de ceniza blanca mientras las balas trazan líneas de fuego invisible en el aire denso de los pasillos, destrozando las pinturas costosas y los espejos de la gran mansión. La adrenalina le borra el peso de la fiebre que arrastra en las venas, pero no la profunda melancolía que le estruja el alma al escuchar el eco de las detonaciones que provienen del gran salón de recepción