En un movimiento desesperado, aprovechando que D’Agostino desvía una de sus manos para desgarrar con saña la seda de su escote, Valeria desliza su mano libre hacia la pretina de su falda. Ahí mantiene oculta la pistola de calibre corto que le arrebató al guardia en el pasillo superior, sintiendo el peso del metal como su última línea de defensa. Sus dedos, helados y cubiertos de un sudor pastoso, encuentran finalmente el armazón de metal, por lo que, con un esfuerzo sobrehumano que le tensa cad