El estruendo amortiguado de las voces que sube desde la planta baja de la mansión se filtra por las paredes como el latido de un corazón mecánico y oscuro. Allí, en la sala de juntas, Adrián está cerrando tratos que huelen a pólvora y sangre, negociando la entrada de cargamentos de armamento ilegal con hombres que no tienen rostro pero sí una sed de poder insaciable.
Mientras tanto, Valeria permanece sentada frente a la terminal de alta seguridad en el despacho privado de él, cumpliendo con l