Mis manos temblaban ligeramente mientras guardaba mis cosas, pero me aseguré de que no lo notara. No iba a darle la satisfacción de verme afectada. Mantuve los ojos clavados en mi mochila, asegurándome de no mirarlo. Ni siquiera de reojo.
Cuando finalmente me colgué la mochila al hombro y di un paso hacia la puerta, su voz me detuvo.
—Elena.
Cerré los ojos un instante, intentando reunir paciencia, antes de girarme hacia él. Ahí estaba, apoyado en el respaldo de su silla, con una sonrisa de sufi