—¿Qué? ¿Ahora te gusta molestarme? —pregunté, sin poder disimular el tono cortante que salió de mi boca.
Mis ojos lo perforaban con la mirada, esperando una respuesta que no me convenciera.
Él se recostó en la silla, relajado, como si nada pudiera perturbarlo. La manera en que se movía, tan despreocupado, tan confiado, me sacaba de quicio. Y aunque por dentro sentía ganas de gritarle, mi voz se mantuvo firme, casi fría, como una forma de retarlo a darme una respuesta seria.
—No es que me guste,