—¿Estupideces? —repitió, dejándose caer en esa palabra como si fuera una provocación intencionada—. Pensé que eso era lo que te mantenía entretenida.
Sentí la sangre hervir, y antes de poder controlarlo, mis manos ya se habían cerrado en puños. Mis pies se movieron con una decisión irrefrenable, acortando la distancia entre nosotros, cada paso estaba cargado de la rabia que él se empeñaba en avivar.
Lucas no se movió; de hecho, permitió que la cercanía aumentara, manteniendo una expresión de se