Carla cruzó los brazos y me miró con una sonrisa burlona, como si hubiera ganado alguna especie de juego. Sus ojos brillaban con una satisfacción casi infantil, mientras Sara me observaba en silencio, incómoda pero entretenida. Era evidente que esta especie de conflicto entre nosotras le ofrecía un alivio temporal, una pausa de sus propias preocupaciones.
—No te pongas así —dijo Carla, bajando un poco el tono, aunque su expresión aún reflejaba ese toque de diversión—. Nadie está diciendo que ha