A cada paso que daba, el mundo se reducía a la persecución, la amenaza que representaba eclipsaba todo pensamiento racional. En ese momento de frenesí, no actuaba con deliberación, sino con emociones crudas: ira, miedo y un impulso incontrolable de defender a Sara y a mí misma de su malevolencia.
Cuando finalmente lo alcancé en el pasillo, con el corazón latiendo como un tambor de guerra, arrojé el arma improvisada con todas mis fuerzas. El portalápices de metal voló de un lado a otro, dando vu