ISABELLA
La noche envuelve la casa con un silencio denso, opresivo.
El único sonido que rompe la quietud es el murmullo lejano de pasos y el ocasional crujido de la madera vieja. Estoy sentada en la cama, con las piernas cruzadas, la espalda recta y los ojos fijos en la ventana enrejada.
La luz de la luna se filtra entre los barrotes, proyectando sombras alargadas en las paredes.
Como rejas dentro de rejas.
Respiro hondo.
No quiero admitirlo.
No quiero ni siquiera pensarlo.
Pero desde que abrí