Mientras tanto, en Lunaris, Lyra no podía dormir. Había intentado, por la diosa, que lo había intentado, pero cada vez que cerraba sus ojos, veía a Rifen corriendo hacia el peligro. Veía espadas de plata, sangre y muerte.
—Está bien. Tiene que estar bien. —dijo Deia, intentando calmar a su humana. Se levantó por décima vez esa noche, caminando hacia la ventana que daba al norte. Como si mirar fijamente en esa dirección pudiera de alguna manera traerlo a casa más rápido.
—¿No puedes dormir tampo