Aisha viajaba en la parte trasera de una camioneta grisácea. Sus heridas aún estaban expuestas, y cada movimiento del vehículo la hacía gemir de dolor. El aire estaba cargado con el olor metálico de su sangre. La fiebre la consumía, y su conciencia oscilaba entre la realidad y el delirio.
Al volante, Skiller luchaba contra sus instintos vampíricos. Sus ojos brillaban con un hambre voraz, y sus manos temblaban mientras sujetaba con fuerza el volante.
—Ese humano... es un bastardo —espetó, tomand