El despertar de Rasen fue como emerger de un abismo infinito. Su cuerpo, aún agotado, parecía cargado con una energía extraña y pulsante que lo hacía sentir pesado, casi inmóvil. Su respiración era errática, y un dolor desconocido invadía su pecho. Cuando posó una mano sobre él, lo sintió: un latido ajeno, inhumano, como si su cuerpo hubiese aceptado un huésped que nunca pidió.
Bajo su piel, las cadenas comenzaron a moverse, lentas, sinuosas, como si cobraran vida propia. La sensación de poder