La tormenta de arena cortaba como miles de agujas de cristal. El torbellino de arena devoraba el cielo, convirtiendo la noche en un abismo rojizo. Las sombras de Sanathiel y Noah se distorsionaban con cada relámpago, dos bestias enfrentadas en la tempestad. El aire olía a azufre y sangre seca.
—¿Crees que tu desobediencia quedará impune? —rugió Sanathiel, el medallón lunar ardiendo en su pecho como un corazón de lava—. Cada uno de esos ojos que viste hoy será una daga en tu espalda.
Noah escupió