La medianoche envolvía la mansión de Lionel con una luna llena que filtraba su luz fantasmal a través de los vitrales, proyectando el símbolo de Arceo como una sombra retorcida sobre la mesa. El café humeante y el jugo de ciruela —de un rojo oscuro, casi sanguíneo— contrastaban con la frialdad de la habitación. Lionel, sentado en un sillón de terciopelo negro, jugueteaba con un anillo grabado con el ojo de Arceo, su reflejo distorsionado en la superficie del líquido.
—Llámame con más confianza —