El eco de los pasos del doctor Navas resonaba en el pasillo subterráneo, un lugar que olía a humedad, metal y secretos viejos. Cada paso lo acercaba a algo que intuía peligroso, aunque no podía imaginar cuánto.
El guardia que lo había escoltado se detuvo frente a una puerta metálica. Golpeó dos veces y esperó. —Pase —se oyó una voz firme, grave, sin prisa.
El guardia abrió la puerta y el doctor entró.
El ambiente dentro era distinto: sobrio, elegante en su oscuridad. Un escritorio de madera mac